jueves, 25 de octubre de 2018

Chavistamente: Antídoto contra la guerra

Un camión botando la leche en al borde de una carretera. Cientos de kilos de queso tirados a la vista de todos. Miles de medicinas arrojados en un matorral. Es que el gobierno… es que no hay producción, es que los dólares… Es una guerra contra contra el estómago, contra la vida. 

Si no nos matan de hambre, si no nos matan por falta de medicinas, si vamos a seguir vivos, pues que estemos contra el suelo, que todo sea gris, que nada valga la pena. Siempre vuelvo a esta frase de Arturo Jauretche: “El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen…” Es una guerra contra la psiquis. 

Nos necesitan tristes, aplastados. Este pueblo alebrestado por Chávez que se levanta y desafía al amo tiene que ser reducido a la sumisión. Tiene que ser castigado. Nos quieren ver llorando, pidiendo perdón, y mejor, nos quieren ver dirigiendo la pelea que les damos hacia nosotros mismos. Es una guerra y somos el objetivo.

Negar la guerra te convierte en víctima, y peor, en tonto útil, porque al no saber de dónde viene el ataque pierdes el foco y la puntería. Entonces disparas fuego amigo, ya no tan amistoso y el enemigo no es el que te está cayendo a coñazos desde hace veinte años -¡qué veinte años!- desde que el mundo es mundo, sino quién hace lo imposible, en medio de esta coñacera, por no dejarnos aplastar.

Ya tristes todo es malo: Maracaibo no tuvo luz, y aquella tristeza convertida en rabia no te dejó ver el sabotaje, el acto de guerra tras el apagón ni el esfuerzo de un gentío por traer de nuevo la luz. Y vertiste tu rabia y frustración desde la oscuridad de la negación. Y vino la luz y Maracaibo de pone bien bonita y ya no tiene la llaga mafiosa de Las Pulgas en su corazón, y miraste a otro lado, y el maracucho simbólico que fuiste por unas furiosas horas dejo de serlo y se fue a buscar una nueva tristeza, una nueva indignación, de esas que hay en estos días, por tantos lados. Y la encontraste, y mira que tenía toda la vida ahí, aunque antes preferiste no verla. Y otra vez la rabia… 

Y los días son duros, lo sé, pero aún así están llenos de victorias que no quieres ver. Porque cada día que pasa con los niños en las escuelas, con sus mochilas tricolor que ya no quieres ver porque te parece que siempre estuvieron ahí, como si eso no nos hubiera costado tanto esfuerzo, tanta pelea, tanto castigo, tanta rebeldía. Y pasas de largo por los jueves de vivienda convertidos en una normalidad hermosa ahora casi invisible a tus ojos nublados. Y una larguísima la lista logros, de derechos en pleno ejercicio hechos tan cotidianos que casi no te das cuenta. Justamente esos derechos que nos arrebatarían con saña, si perdiéramos esta guerra.

Y el enemigo se desdibuja, y no es el comerciante que te esconde la comida y te obliga a hacer colas sin razón lógica alguna, sino el gobierno que no tiene un fiscal de la SUNDDE para que vigile cada mercado, cada bodega, cada zapatería, cada farmacia del país. No es la ambición insaciable de los empresarios, distribuidores y comerciantes que duplica los precios cada semana, sino un genérico militar matraquero, sin nombre, sin cara, que cobra vacuna allá en una alcabala quién sabe dónde. Y no son los cadiveros que se robaron los dólares para instalarse en lujosas guaridas en las zonas más caras de Miami y Madrid, sino es culpa del gobierno que pretendió que los empresarios hicieran lo correcto e importaran las cosas que dijeron que necesitaban importar. No es nunca culpa del corruptor sino del corrupto que se dejó corromper. Y no es que desde el centro del poder mundial decidieron asfixiarnos, y lo están haciendo, sino que en el gobierno hay fallas que permitieron esa asfixia. Somos culpables porque usamos una provocadora minifalda…

El asunto es que eso que algunos rabiosos llaman “justificar” no es más que enfocar, en medio de este chaparrón inclemente que nos enturbia la vista, y reconocer lo que hemos logrado, para saber defenderlo. Se trata de reconocer que, a pesar de los poderosos esfuerzos para asfixiarnos, seguimos respirando, de pie, resistiendo, avanzando, y desafiando a la guerra en sana paz. Se trata de entender que somos un pueblo grande, valiente, indomable y alérgico a la tristeza y la auto compasión. 

Que nuestra alegría, nuestra esperanza, no te ofenda, que es nuestro mejor y más poderoso antídoto contra la guerra. Como Jauretche decimos: “Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. Y con esta alegría tenaz, nosotros venceremos.

CAROLA CHÁVEZ 


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